CUANDO
VAYAN MAL LAS COSAS
RUDYARD KIPLING
Cuando vayan mal las
cosas
como
a veces suelen ir,
cuando
ofrezca tu camino
sólo
cuestas que subir,
cuando
tengas mucho haber
pero
mucho que pagar,
y
precises sonreír
aun
teniendo que llorar,
cuando
ya el dolor te agobie
y
no puedas ya sufrir,
descansar
acaso debes
pero
nunca desistir.
Tras
las sombras de la duda,
ya
plateadas ya sombrías,
puede
bien surgir el triunfo,
no
el fracaso que temías,
y
no es dable a tu ignorancia
figurarse
cuan cercano,
puede
estar el bien que anhelas
y
que juzgas tan lejano,
lucha,
pues por más que en la
brega
tengas que sufrir.
¡Cuando
todo esté peor,
más
debemos insistir!
Si
en la lucha el destino te derriba,
si
todo en tu camino es cuesta arriba,
si
tu sonrisa es ansia satisfecha,
si
hay faena excesiva y vil cosecha,
si
a tu caudal se contraponen diques,
Date
una tregua, ¡pero no claudiques!
«Porque
en esta vida nada es definitivo,
toma
en cuenta que: todo pasa, todo llega y todo vuelve»..
“La dificultad muestra de qué está hecho un hombre.” (Epicteto)
No cuando todo va bien…
no cuando tienes control…
no cuando todo fluye…
Ahí cualquiera parece fuerte.
Pero cuando todo se complica…
cuando la vida pesa…
cuando nadie te ve…
ahí es donde realmente apareces tú.
La historia habla de un joven a quien se le había
encomendado la tarea de romper una gigantesca roca
que estorbaba un camino que se pensaba construir. En el
pueblo, todos habían rechazado aquel trabajo, debido al
descomunal tamaño de aquella piedra y a lo larga y tediosa
que prometía ser la tarea.
El primer día, el joven estudió con calma el inmenso
peñón, buscando identificar su punto más débil. Tras largo
rato, el muchacho tomó un tizón, marcó una “X” en uno de los
lados de la roca y se dispuso a comenzar la tarea. Sabía que
aquella labor no sería trabajo de uno o dos días o tan siquiera
de un par de semanas. Sin embargo, lejos de desanimarlo,
el gran reto que aquella tarea suponía, pareció motivarlo a
empezar prontamente y con mayor empeño su trabajo.
Día tras día el joven venía con su mazo y le propinaba
cientos de golpes a la gigantesca roca, asegurándose de con-
centrar todo su esfuerzo en el punto que había marcado desde
un principio. Y pese a que nada parecía estar sucediendo, ni
se advertía progreso alguno, su voluntad nunca desfalleció y
en ningún momento sucumbió a la tentación de cambiar el
punto en el cual había decidido concentrar su esfuerzo.
Después de un par de semanas, su insistencia terminó
por llamar la atención de los vecinos de la zona. Algunos de
ellos comenzaron a darse cita en aquel lugar para observar
con burlona impaciencia la terquedad y obstinación del jo-
ven. Pero su confianza no flaqueó, aún después de enterarse
que quienes lo habían contratado ya habían comenzado a
realizar planes alternos ante la evidente imposibilidad de
despejar el camino.
Una mañana, como de costumbre, el joven llegó tem-
prano a su trabajo, tomó el mazo y se dispuso a reanudar
su tarea. No obstante, después de dar el primer golpe, sor-
prendentemente la roca se partió en dos pedazos ante las
miradas atónitas de los presentes. Quienes habían acudido
aquella mañana por primera vez, no podían creer que la
roca se hubiese partido después de un solo golpe.
Con evidente placer por haber logrado finalmente su
cometido, el joven tomó su mazo y partió para informar a
su jefe sobre la finalización del trabajo que se le había enco-
mendado.
¿Fue el último golpe el que en realidad rompió la roca?
La respuesta no siempre es tan obvia como en principio se
prevé. Porque lo cierto es que el último golpe no fue y sí fue el que
partió la roca. No fue, en el sentido de que ya había una acumu-
lación de cientos de golpes que poco a poco fueron debilitando el
interior de la roca. Sí fue, en el sentido de que si el día anterior el
joven hubiese decidido renunciar a su empeño, ante la aparente
falta de progreso, nunca hubiese logrado su cometido, ni hubiese
descubierto lo cerca que había estado de lograr su propósito.
La segunda pregunta tiene que ver con los factores que le
permitieron al joven lograr tan asombrosa hazaña. Las respues-
tas más frecuentes que recibo se relacionan con el optimismo,
el ánimo y la persistencia del joven. Sin embargo, un factor que
con frecuencia se le escapa a la mayoría de los asistentes tiene
que ver con la decisión del joven de concentrar todo su esfuerzo
y su energía en un mismo punto, y de no perder el enfoque hasta
lograr su cometido —el factor X—.
Porque es muy probable que su tenacidad y paciencia no
hubiesen dado los mismos resultados, si ante la aparente falta
de progreso él hubiese comenzado a golpear la roca por todos
los lados. Pero él enfocó su esfuerzo en un solo lugar y el poder
de la acción enfocada y constante se encargó de devolverle los
resultados que buscaba.






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